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Hoyo 1    La Salida

Por  Alberto Campos Carlés

Este cuento es el primero del libro  “Dieciocho cuentos de golf (Para un fin de semana  muy lluvioso)” de Alberto Campos Carlés.  A lo largo del año, Planeta Golf ira publicando los distintos capítulos con el espíritu de que llegue a los más de 200 mil suscriptores de nuestro sitio.  La segunda edición de dicha publicación se encuentra totalmente agotada

 El driver no era el palo más conveniente para arrancar en un hoyo con  un fairway tan estrecho, limitado por enormes árboles a las doscientas yardas, y un riguroso “fuera de límites” a la derecha. Tomó, entonces, con decisión de experto, la madera tres.

En un par cuatro de alrededor de trescientas sesenta yardas, ponerla en el medio a las doscientas veinte está muy bien para empezar; queda un tiro franco con fierro siete u ocho, y debutar con un “parcito” no está nada mal. Pero volvamos a la salida: Colocó el tee bajo, la pelota atrasada, a unos diez centímetros del talón izquierdo. Apuntó al tercio del fairway de la izquierda, allá donde se insinuaba el dog-leg hacia la derecha y un eucalipto añoso se destacaba del resto de los árboles con su enorme copa.

Apoyó el cuerpo firmemente en los talones y bamboleó el peso entre ambos, para sentir la prontitud de los músculos de las piernas. El palo tomado con un grip suave pero firme, las palmas enfrentadas, con las “v” apuntando a la oreja derecha, y la mano izquierda con no más de tres nudillos visibles. Los brazos sobre el tórax, la espalda recta, la cabeza un tanto erguida, la mirada paralela a los hombros, caderas y puntas de pies. Éstas, ligeramente abiertas. Y ya, unos cuantos movimientos de waggle para no arrancar de cero, y luego el golpe de “gatillo” casi imperceptible con la rodilla derecha para iniciar el swing.

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Ésta se movió hacia adelante, corriendo levemente hacia atrás la cadera izquierda, que se encontraba algo elevada. Entonces, sí, comenzó el movimiento completo que llevará la cabeza del palo a una enorme velocidad contra la pelotita, y ésta saldrá despedida hacia el medio del fairway -con habilidad y suerte mediante-. Empezó a girar hacia la derecha, sin desplazamiento, sólo un giro de la parte derecha del cuerpo, resistido siempre por la izquierda.

Sí, porque la pierna izquierda se resiste, con el pie bien asentado en el suelo, sin levantar el talón -algunos profesores permiten esto, pero sólo a los novatos o a los seniors-, cuando el brazo izquierdo (una de las tantas piezas “clave” en esto) estirado pero no rígido, subió hacia atrás, sujeto a los pectorales y manejando la cara del palo con el dorso de la mano.

Ha dado amplitud al radio de giro, y la muñeca derecha se ha quebrado- o colocado como dicen ahora- sobre el antebrazo derecho que, en el codo, formó un ángulo de noventa grados, y el pulgar izquierdo quedó debajo de la varilla del palo que, sin sobrepasar la horizontal, llegó hasta arriba superando la altura total del cuerpo, paralela a la línea pelota-objetivo.

Los hombros han girado noventa grados; las caderas la mitad. La columna ha mantenido su posición original del adress y stance. La cabeza se ha desplazado una pizca hacia la derecha, para dejarle lugar al hombro izquierdo debajo del mentón, y la pelotita, objeto al cual no hay que dejar de mirar nunca- “clave mayor” de todo esto-, es observada por el ojo izquierdo, ya que la nariz cubre la visión del derecho, ojo que no deberá descuidarse ya que tomará la posta en la bajada.

Pero no nos adelantemos. Llegó, entonces, al “hueco”, arriba, al “punto cero”, al lugar-momento en que todo tenderá a invertir la dirección de la fuerza. Allí, algunos recomiendan hasta detenerse; otros algo quizá más complicado: Mientras termina de enroscarse el dorso, y de subir el palo sujeto por hombros-brazos-manos, comenzar a desenroscarse desde abajo, más precisamente desde la rodilla izquierda. En fin, llegó arriba sentado en la rodilla derecha -a partir de allí deberá soltar el resorte, liberando hacia adelante a la rodilla izquierda, que no quería venirse en la subida, que no permitió que el talón se levantara-, elevó una pizca al hombro izquierdo, y, cuando soltó a la rodilla  izquierda hacia adelante, no mucho (no más allá de la posición del adress), emparejó ambas rodillas para quedar como “sentado”, con los muslos tensos, algo flexionados, presionando hacia adentro con los aductores.

El plano de la varilla del palo ha caído con esta maniobra conjunta de rodilla-hombro izquierdo, asegurando la interioridad del camino de bajada. El brazo izquierdo continuó presionado por los músculos pectorales.  El  derecho  hizo  lo  mismo,  pero  el  ángulo  del codo empezó a abrirse, sin liberar el amartillamiento de la muñeca. “Venir de adentro hacia afuera…la máxima aspiración de todo aficionado que se precie, que pretenda jugar una cifra…”

 Y entonces, con la cabeza quieta, la vista clavada en la pelotita -algunos sugieren en la parte superior, otros en la posterior, en fin…-, ahora tomada la posta por el ojo derecho, el peso del cuerpo se trasladó al talón izquierdo, la pierna resistió el embate extendiéndose, sin llegar a la rigidez paralizante, y dejando ir las caderas para atrás.

El brazo izquierdo mantuvo su postura próxima al tórax; ha de girar en el codo en el momento preciso del impacto para dejar paso libre a toda la potencia del brazo derecho, que se estiró sin llegar a enderezar la muñeca. El hombro derecho pudo bajar naturalmente; vino sin esfuerzo pues lo soltó el resorte de los poderosos músculos de la espalda que se cargaron en la subida y ahora soltaron una tremenda energía, la fuerza centrífuga que acelera  y acelera la cabeza del palo que se acerca cada vez más rápido a la pelotita, hasta que..

El violento FOOOO emitido por varias gargantas muy abiertas, junto con un golpe seco a pocos metros de una pelotita desviada desde otro hoyo, lograron desarmar el swing milimétricamente elaborado y ejecutado. La cabeza del palo se desvió unos pocos centímetros de la trayectoria trazada y golpeó a la pelotita arriba de su centro, en dirección hacia la izquierda (afuera-adentro). La pelota, a causa del tremendo “topazo” y luego de dejar un grueso trazo en el prolijo césped del tee de salida, partió arrastrándose hasta recorrer una cincuenta yardas. Suficiente como para llegar y cobijarse debajo de un enorme y frondoso roble, que la devora, inmediatamente y sin  concesiones, con su densa y apretada sombra.

Complicado inicio del hoyo uno que aleja, de manos a boca y  con el primer golpe,  la expectativa del parcito, para dar paso a un destino inevitable de bogey o doble bogey

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