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Guía de cómo proceder cuando nos toca en la línea un mentiroso

Por Marcelo H. Barba

Hablar de honestidad en Golf suena tan ridículo como proponer un coloquio sobre la humedad del agua. Tal vez sea por ese motivo que sus reglas nos parezcan –en principio- algo cándidas, porque cuando tratamos de entenderlas desde un plano distinto al de la confianza (al de la integridad), no comprendemos su esencia y espíritu.

Existe como un triángulo perfecto entre estos conceptos que hacen que el Golf se desenvuelva de una manera cordial y sociable, aunque esta ‘relación’ puede desbalancearse cuando alguno de sus elementos –por exceso o por defecto- pierda su cuota de proporción o de armonía con el resto.


El Golf es una de las pocas disciplinas donde más se pone a prueba la franqueza de sus partícipes. Su naturaleza, cultura y dogma actúan como un escudo protector, que aparta naturalmente a quienes no son honestos consigo mismos ni con sus compañeros de juego.

No todos los que compartimos la misma línea de salida seguiremos viéndonos igual luego de ejecutar el primer tiro, a pesar de haber salido del mismo tee o punto de partida. Pensemos en un ejemplo como el que sigue:

En una línea de 3 jugadores, el primero enviará involuntariamente su pelota hacia la izquierda del fairway; probablemente el segundo vaya por el medio; y nosotros con ese feo ‘slice’ terminemos por la derecha, dejando la pelota junto a unas raíces de algún arbusto (repito que es sólo un ejemplo).


Seguidamente cada cual irá tras su 2do. tiro, pretendiendo -aunque sea un ideal- dejarla pegada a la bandera. Nos acercaremos a nuestra bola y evaluaremos cómo quedó apoyada sobre el piso. Allí nos enfrentaremos a la cruda realidad… e intentaremos ‘sacarla’ (reptando bajo algunas ramas) para obtener una mejor posición y poder ejecutar el ‘supuesto’ 3er. golpe que la deje mejor posicionada.

Hasta aquí, la descripción de un cuadro donde los jugadores podríamos enfrentar además de las ramas, ciertos inconvenientes en el terreno, raíces y objetos que nos ocultarán la línea ideal que une a nuestra bola con la bandera y de la vista de nuestros compañeros de juego.

Pero esta situación tan común, muestra que también estaremos impedidos de observarnos unos a otros. Es decir, no podremos registrar tan clara y visualmente qué hace nuestro compañero ni cómo resuelve sus golpes desde su posición.

Volveremos a encontrarnos en el fairway -a salvo- para insistir con el próximo intento, pero sin saber exactamente cuántos golpes hicieron todos para llegar hasta ese punto. Con lo cual, recurriremos a la confianza que nos tenemos entre compañeros.

Siguiendo con las hipótesis, podemos imaginarnos que efectuamos golpes de más bajo el árbol, que pudimos haber movido o tocado involuntariamente la pelota, en fin, todo para salir de ahí y luego también, que se nos pudo haber olvidado la cantidad real de ejecuciones realizadas, creyendo que nadie lo advertiría…

Hubiéramos podido hacerlo, después de todo… se trata de un juego basado en pura confianza, partiendo de la que uno tiene con uno mismo (¿o acaso seríamos tan deshonestos como para engañarnos, eh…?)

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Ahora bien, si decidimos engañarnos, existe una simpática ‘personita’ que duerme en nuestra conciencia, que despertará enojada y nos recordará durante todo el partido y más, que acaba de perder el equilibrio porque detectó que sucedió algo ‘no-negociable’.

Eso es bastante pesado de cargar, cansa más que la extenuación física.

Y acá está… Llegamos…

Llegamos al punto clave donde quería que me acompañasen. A enfrentarnos con nuestra propia conciencia. Parados de cara contra una pared imaginaria -alta, gruesa, de piedra dura- enfrentando a la esencia misma de toda esta cuestión… La honestidad.

Frente a la decisión íntima de nuestros actos, que irónicamente muchas veces no se condicen con lo que declamamos, ni con nuestros principios de integridad (ahora ese muro de piedra parece gelatinoso, flaco, no tan alto… y decidimos saltarlo).

Podremos mentir, engañarnos, acomodar la pelota, patearla hacia un sitio mejor, hacer una ‘papa’ sin sumarla, infringir códigos o, simplemente, actuar de acuerdo a nuestra razón, sabiendo cuál es el peso que estaremos dispuestos a cargar por nuestro engaño.

Así es el Golf. Tan claro, simple y tremendamente ético.

No hay cámaras, ni árbitros, ni elementos que soporten ninguna decisión. Para eso están las Reglas y nuestra integridad, la que supuestamente reflejamos ante cada situación. Un espejo donde nos veremos tal cual somos, qué hacemos y cómo reaccionamos.

Por estos motivos elementales el reglamento de Golf se asemeja a una enciclopedia de ingenuidades, o a un manual para aprender a utilizar el sentido común; aunque suene tan ridículo como explicar la humedad del agua… como decía al comienzo. Porque todo está escrito basado en situaciones supuestamente honestas.

No obstante, cada cual a su debido tiempo -prometo que pasará- se enfrentará a esa simpática (y cruel) ‘personita’ que duerme en la cabeza y vive la experiencia de compartir algunas actitudes deshonestas, las propias y las de otras personas especiales, que además de reglas de Golf precisarán un código de ética para aplicar a su propia vida.

Resulta interesante analizar cómo cambia nuestra percepción original sobre las reglas, cuando volvemos a leerlas desde la ingenuidad de un niño, es decir, despojados de todo pensamiento suspicaz y creyendo que ninguna norma fue escrita para evitar trampas o engaños de los deshonestos; sino con el espíritu de darnos una mano a quienes no sabemos qué hacer –ni cómo- en situaciones inciertas, sobre todo, para no generar ventajas involuntarias para ningún lado (ni para la cancha ni para el golfista).

Pero conociendo nuestra ‘esencia humana’, necesitaremos reglas extremadamente claras… es inevitable.

Con todo, si surgiesen opiniones encontradas con las interpretaciones de alguna regla, deberíamos tener la diplomacia y guardar la ubicación de no discutirlas más allá de lo razonable, tratando de no crear climas pesados ni de distraer a los demás, proponiendo resolverlas al final del encuentro con la ayuda de alguna autoridad del lugar (que siempre encontraremos en un Campo de Golf).

En esos casos puntuales podemos anotar el hoyo en discusión con los dos resultados. Digámoslo en voz alta, es importante hacerle saber a quién anota nuestros golpes o a quien le llevamos la tarjeta, que nuestra actitud es positiva y que dejamos abierta la decisión final hasta que podamos resolver las dudas.

Si en cambio, los desacuerdos se presentan por sumas erróneas… hablo de los ‘olvidadizos crónicos’ (mentirosos ó tramposos) los que dicen haber hecho 5 golpes cuando en realidad le contamos más… A mi entender vale la pena parar un minuto para hacer dos cosas simples:

1. En cuanto advirtamos el hecho, recurramos diplomática y amablemente a la memoria del ‘supuesto’ mentiroso, recordándole golpe por golpe su propio derrotero hasta que advierta el error, dejándole ver –por lo menos de esa forma- el mensaje psicológico de nuestro control y límite de indulgencia… Por lo general (aunque hay excepciones –ver siguiente punto) el tema se auto-corregirá y todo seguirá funcionando normalmente.

2. Si en cambio las malas matemáticas persisten en otros hoyos (aquí el mentiroso dejó de ser ‘supuesto’), mi sugerencia es que no pierdan más tiempo ni energías y le entreguen su tarjeta -sin firmar- recordándole que esto que jugamos se llama Golf. Sigan con el resto de la línea sin desconcentrarse y no pierdan su hermoso día de Golf.

Si jugásemos en pareja con el mentiroso (qué tremendo…), les dejo a su criterio qué palo elegir para ‘acomodarle’ la parte del cerebro que usa para sumar, el hemisferio izquierdo… creo.

Hablando seriamente, cuando suceda algo parecido a esto, que el mamarracho golfista insiste con sus engaños en otros hoyos, mantengamos la calma y devolvámosle su picardía con más inteligencia. Sigamos jugando hasta el 18 sin desconcentrarnos; aprovechemos nuestro día de Golf.

Al finalizar, en el momento justo de firmar tarjetas, descarguemos una por una las razones por las que nos negamos a hacerlo, recordándole cada uno de los hoyos donde mintió, mientras vamos caminando hacia la oficina donde se depositan las tarjetas, ofrezcámosle la posibilidad de discutir el tema frente al starter o quien haga las veces de árbitro.

Por nuestra propia dignidad, comentémosle el tema al Starter, de esta forma evitaremos que en el futuro otro golfista desprevenido caiga y juegue con este personaje y, para que el mentiroso, vaya pensando en practicar otra cosa distinta al Golf.

Recalco la importancia que tiene jugar con los amigos de siempre… Disfruten y hagan bien las cuentas que en el grupo nadie deberá sentirse incómodo por cualquier diferencia que surja…

¡Buen Golf para todos…!!!

Hasta la próxima.

Una respuesta a “Guía de cómo proceder cuando nos toca en la línea un mentiroso”

  1. Juan Carlos Fuentes Avatar
    Juan Carlos Fuentes

    Falta el punto en que el que se supone amigo es el que hace trampa. Existen otras trampas tal como “encontrar una pelota perdida” o “salvada de un fuera de limites” llevando otra en el bolsillo. Creo que deja de ser amigo. Si es descubierto debe pedir disculpas publicas al grupo para mantener su condición de “amigo”. Pero es difícil cerrar la herida que nos queda.

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1 Comment

  1. Juan Carlos Fuentes

    enero 5, 2023 at 3:04 pm

    Falta el punto en que el que se supone amigo es el que hace trampa. Existen otras trampas tal como “encontrar una pelota perdida” o “salvada de un fuera de limites” llevando otra en el bolsillo. Creo que deja de ser amigo. Si es descubierto debe pedir disculpas publicas al grupo para mantener su condición de “amigo”. Pero es difícil cerrar la herida que nos queda.

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